(Selección de Josep Valls).

El desafío de aprender en la era del conocimiento, en el país del desabastecimiento

. domingo, 18 de febrero de 2007

Masticar y digerir los contenidos es una tarea que debemos aprender para no perder el tren tecnológico. Un tren que cada vez adquiere mayor aceleración y que no da tregua a un país cuya situación coyuntural no puede todavía ponerse a tono. El sector educativo requiere una urgente puesta a punto. Que se equipen las aulas, se invierta en investigación y desarrollo y se capacite a los docentes para “enseñar a aprender” en la era de las nuevas tecnologías.

Cuando vuelvo desde España hacia Argentina tengo que retrasar a veces cuatro, a veces cinco horas mi reloj. Este pequeño acto me suele sugerir una metáfora: la de estar también retrocediendo en el tiempo, el equivalente en años. Y no es que sea una acomplejada de esas que piensa que siempre lo de afuera es lo mejor o lo más desarrollado.

Con poca diferencia temporal, que no supera algunos meses, he tenido la suerte de pisar los claustros postgraduales de universidades tanto argentinas como españolas y he notado con cierto desengaño, que en aquellas la calidad docente es muy importante, pero la tecnología no está ni siquiera en ciernes. Mientras que en sus homólogas españolas, no sólo las aulas están tecnificadas, sino que además, esa gimnasia que exige la sociedad de la información está más extendida tanto entre docentes como estudiantes.

El debate se ha instalado ya entre la intelectualidad de ambos países pero se encuentra en diferentes estadios. Lo que se tiene claro es que educar ya no implica la transmisión de conocimientos donde el alumnado se apropia pasivamente de conceptos previamente masticados, sino que es indispensable la producción de conocimientos a partir de la recepción de esa vorágine de contenidos propios de la Era Digital.

Entonces, si el debate está planteado, somos concientes de la importancia de que el alumnado debe pasar de una posición receptora a otra de productora de conocimientos; en ese caso, ¿dónde radica el problema?

La respuesta es obvia, la brecha cultural y económica que existe entre la población argentina permite que sólo 2,3 millones de personas accedan a Internet (según datos revelados por el INDEC en junio del 2006), mientras que sólo un 65 por ciento de los usuarios y usuarias, lo hace a través de banda ancha. Mientras tanto, en España son 13 millones los y las internautas y la brecha digital que existe se debe más a una cuestión generacional que económica.

La realidad en las aulas

Las universidades argentinas y también los Institutos de Educación Superior, sobre todo las del interior del país y que dependen del estado, no están equipadas con tecnología suficiente; en muchos casos el acceso a Internet es restringido y en otros tantos el personal docente no está capacitado en el uso de las nuevas tecnologías (aunque ya no son tan nuevas).

Para no quedarse al margen se incluyen entre las asignaturas aquellas que tengan que ver con el discurso, la creatividad y el manejo de las TIC, pero estos contenidos se ofrecen de manera teórica ya que para poder dar prácticas parte del profesorado suele salir en la búsqueda de algún cyber donde puedan completar el aprendizaje.

Superar la brecha implicaría para la comunidad estudiantil y egresada argentina tener cabida en el mercado mundial y dejar de ser sujetos consumidores pasivos para convertirse en partícipes y activos.

La inversión en tecnología para las aulas, en investigación, desarrollo y capacitación para el personal docente, se vuelve un imperativo para la integración. La evolución tecnológica no da tregua, avanza a pasos agigantados y sin mirar atrás. Correr siempre por detrás del tren nos deja fuera de carrera y nos quita oportunidades tanto individuales como colectivas. Porque el país debe aspirar a formar parte de las sociedades del conocimiento, donde cada persona aprenda a digerir por sí misma los contenidos que llegan a sus manos, para dejar de pertenecer al grupo de sujetos consumidores pasivos de la sociedad de la información.