(Selección de Josep Valls).

Clubes de trueque en la Argentina: sobrevivir a la crisis y al individualismo

. domingo, 29 de octubre de 2006

Fuente: Microsoft Office Online
Llegaron a formarse cerca de 6.200 clubes en todo el país y más de 6 millones de personas encontraron un espacio para sobrevivir a la más dura crisis de la historia reciente Argentina. Por Mª Fernanda Figueroa


Era el año 2000 y en Argentina se precipitaba un gobierno. La crisis más fuerte que se recuerde en la historia reciente del país había llegado a su punto más estrepitoso. La paridad de la moneda era ya insostenible y el descrédito de la gente en las instituciones públicas en general y judiciales y políticas en particular, los había sacado a las calles para reclamar, a cacerolazo limpio, ‘que se vayan todos’.

Como contrapartida, meses antes había empezado a formarse a lo largo y a lo ancho del país una estructura de participación ciudadana que retomaba el trueque como alternativa de subsistencia en una época de crisis nunca vista en Argentina. No se trataba de un nuevo modelo económico sino de una forma más de supervivencia cuyo fundamento era una especie de regreso a las fuentes. Nació fundamentalmente como una propuesta ciudadana para poder paliar el desempleo, la falta de oportunidades, la inflación, el derrumbe sistemático de las industrias nacionales y el paro de la producción que dejaron a miles de personas literalmente en la calle.

Las historias de los que participaron del trueque son cientos y todas similares, hablan de esperanza, de buscarse la vida, de remediar la falta de trabajo, de darle utilidad a manos jóvenes que no encontraban reencausar una trayectoria de trabajo truncada por las circunstancias. Personas que tenían habilidades, que sabían hacer algo, pero quedaron a medio camino del sistema productivo.

Los nodos o eslabones de la inmensa cadena de clubes de trueque que llegaron a crearse – unos 6.200 - estaban desperdigados por todo el país y sirvieron para romper con el individualismo imperante hasta ese momento y reencausar el esfuerzo hacia un proyecto colectivo que llegó a salvar a cerca de 6 millones de personas.

Cada quien aportaba lo que sabía hacer: el que tenía un jardincito, se ponía una huerta y vendía hortalizas de estación; otros recolectaban frutos para preparar dulces caseros; se cocía pan, tortas, comidas caseras; y dentro del rubro de la indumentaria había quienes tejían y cocían a pedido, hacían carpetas, mantelería y cientos de artículos para la más variada demanda. También había artesanías, como los famosos duendes de porcelana fría, lapiceras decoradas, bajillas o cestería.

Pero no faltaron los que sin tener habilidad ni querer acometer en pos de alguna, prefirieron ocupar un puestito con algo de ropa usada u otros artículos de los que se iban desprendiendo encuentro tras encuentro.

El precio que el prosumidor (consumidor + productor) le ponía a sus productos, tenía un valor nominal mayor que en el mercado tradicional, y se pagaban con una moneda ‘dibujada’ en papel cuyo valor era uno a uno con el peso argentino, servía como bien de cambio y permitía adquirir cualquier otro producto que se ofreciera en ese u otro club de truque. No existieron otras leyes que regularan el intercambio más que las de la oferta y la demanda y se presentó como una alternativa al sistema económico formal con aquella pseudomoneda que no tuvo respaldo ni control alguno.

Los valores monetarios de cada producto eran arbitrarios y esta situación desencadenó en algunas especulaciones ‘financieras’ que, junto a otros factores, fueron encaminándose hacia lo que con el tiempo fue el fin del sistema. Pero mientras duró, ayudó a muchos a paliar en cierta forma su crisis doméstica en el peor momento de la historia económica argentina. El auge de estos clubes duró aproximadamente cinco años y aún hoy persisten algunos resabios, sobre todo en la provincia de Buenos Aires.

Cuenta la leyenda que el Ministro Cavallo, a los efectos de destruir ese mercado consumidor paralelo, compró las voluntades de los directivos del trueque y fabricó un exceso de créditos, inundando las distintas plazas, que hasta aquel entonces se desarrollaban normalmente y con todo éxito.

La venta de artículos suntuarios o de descarte como la ropa usada a cambio de bienes elaborados por los prosumidores, creó una inundación de créditos superfluos que no contribuyeron a incentivar la producción a pequeña escala que podría haber salvado la economía familiar. Vale aclarar que la base de estos sistemas está dada por la producción y el intercambio de bienes esenciales producidos por los usuarios, por otros que no se pueden fabricar a pequeña escala, razón por la cual el valor de cambio se convierte en el "crédito".

Otro de los motivos por los que terminó desvirtuándose el sistema se debió a que muchos productos se compraban en un nodo a un precio y luego lo encontrabas en otro sitio a un valor mucho más alto que el que tenía cuando lo habían adquirido inicialmente. Es decir, que muchos comerciantes contaminaron al trueque con los vicios propios del sistema capitalista donde cada cual atiende su juego y la especulación es la moneda corriente.

La inflación, bastante conocida por los argentinos, fue ocasionada por la emisión sin control de la pseudomoneda, lo que llevó a que la ecuación costos-beneficios se fuera de las manos. El precio de las materias primas se fue por las nubes y se pedían hasta 2000 créditos por un kilo de azúcar, cuando en el mercado tradicional llegaba a un peso. Finalmente muchos prosumidores para preparar sus productos tenía que invertir en pesos y, en cambio, sólo conseguían ‘papelitos’.

Finalmente, el nuevo gobierno de turno impuso como salida de emergencia los “Planes de Jefes y Jefas de Hogar” donde se pagaba a cada beneficiario una módica suma de $200 en concepto de ayuda económica para la canasta familiar que nunca alcanzó para nada más que para destruir lo que había empezado a germinar: la semilla de la producción a microescala que hubiera servido para cambiar la mentalidad de una población demasiado acostumbrada a la comodidad de las dádivas de un estado ‘benefactor’.

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